Las mujeres que transforman Guet Ndar

Por Rocío Alonso Rocafort, técnica de sede del proyecto

Una amiga hace años en un país africano me dijo: “En África, aunque no lo creas, al final las cosas terminan saliendo”.

Qué razón tenía porque, por fin, nombrar Guet Ndar en Habitáfrica hace que se nos ilumine el rostro por la satisfacción de un trabajo bien hecho. Y es que el “Programa integral para el Desarrollo de Guet Ndar, Saint Louis” es un Convenio que ha sobrepasado sus objetivos tras 6 años de trabajo.

El Convenio ha finalizado, y con ello está a punto de salir publicada la capitalización de los logros de las actividades realizadas, pero lo queríamos acompañar de imágenes. Y qué mejor que hacerlo a través de la imagen en movimiento del barrio y de la palabra de sus protagonistas, que han sido las principales beneficiarias del proyecto. Se trata de las mujeres transformadoras de pescado que diariamente se tienen que desenvolver para comprar, salar-secar y vender el pescado para mantener familias de hasta 30 miembros.

Volver a Guet Ndar, con las mujeres en el Centro de transformación ya terminado, y además hacerlo acompañada de una experiencia novedosa como la grabación de un video-documental ha sido especial. Tuve la suerte de participar desde el inicio del video con los contactos, participé en las reuniones hasta consensuar ideas para el guión y en las discusiones durante la grabación, y finalmente apoyé en las labores traducción y postproducción. Ha sido un privilegio. Y es una satisfacción anunciar que podemos disfrutar de uno de los proyectos de Habitáfrica concluido.

Era impensable para muchos de quienes hemos pasado por el proyecto, tras reformulaciones e incluso momentos de bloqueo, poder ver lo que hoy os adelantamos.

Prefiero no desvelar más y dejaros con el video. Aquí tenéis el el documento de capitalización en español y francés.

No me cansaré de repetir esta frase: Gracias a todas las personas que han participado en el proyecto.

 

 

Una escuela en la ciudad del viento

Escrito por Nacho Gasulla, de Escritores sin Fronteras.

Sergio es el Coordinador Técnico de Habitáfrica en Mauritania.Es una verdadera suerte coincidir con él en Nouadhibou, y que sea él mismo quien me muestre sobre el terreno el proyecto que Habitáfrica está impulsando en el barrio de Nassiba.

Como en el caso de Elwaba, se trata de mejorar las condiciones de escolarización de los niños residentes en el barrio de Nassiba, proporcionándoles unas instalaciones apropiadas y soporte técnico y apoyo de gestión para optimizar los recursos con que cuenta el centro.

Y digo que es una suerte visitar el proyecto con Sergio, porque Sergio es arquitecto,y responsable directo de la construcción de las escuelas promovidas por Habitáfrica en Mauritania.Su visión de la problemática  es, además, la de quien tiene que convertir una idea de escuela en un edificio a la medida de las necesidades, de las expectativas de los condicionantes arquitectónicos  locales y del presupuesto,  lidiando para ello con organismos,  instituciones, empresas  constructoras y operarios a pie de obra.

El de Sergio es uno de esos trabajos que yo no podría hacer.Sergio también me habla de ratio de niños por aula, de formación del profesorado, de integración en el barrio, de asociaciones de padres.Pero habla además de la relación que existe entre la calidad de la luz, el espacio, la calidad del aire que se respira y la motivación para desear aprender.

Mientras hablamos, paseando alrededor de la obra, un operario deja lo que estaba haciendo y se prepara para rezar. En las aulas, los niños se sientan separados de las niñas. En las letrinas no tienen agua; muchas niñas no han ido hoy al colegio por esa razón, y muchas otras se ausentarán el tiempo que necesiten para ir a sus casas y regresar.

Además, tampoco hay luz. El ayuntamiento no ha pagado la factura, y Mohamed, el director, no sabe explicarme por qué. El servicio de comedor ha sido cancelado porque han dejado de percibir la ayuda con que se financiaba. Y no disponen de transporte escolar para los niños que no pueden llegar al colegio de otra forma. El director me pasea por alguna de las instalaciones y me muestra las condiciones en que se encuentra la escuela. Pero es optimista. La reconstrucción de algunas de las aulas existentes y un nuevo edificio suponen para él un gran avance. Tal vez signifique el principio de un cambio mayor.

Ya se ha acabado la fase de cimentación, y van a comenzar a levantar el edificio. Sergio señala aquí y allá, explicando cómo se pretende afrontar la siguiente fase. Las obras aquí no suponen un desafío por su complejidad técnica, dice, sino por los medios con que se trabaja.

“Cuando estudias un proyecto desde el punto de vista técnico”, continúa, “no ves esa complejidad. Después, cuando te pones a hacerlo, te das cuenta de dónde reside la dificultad. No es tanto en el diseño, sino en el proceso. Llegar a las cosas es más difícil, porque los medios son menos”. Se refiere a que la superficie de la parcela en que se levanta el nuevo edificio es una placa de piedra, y los agujeros y zanjas horadados en ella para la cimentación han sido abiertos a cincel y martillo. Y si no se ha recurrido a una pala excavadora no ha sido por una cuestión de presupuesto, explica Sergio, sino porque, sencillamente, no hay una pala excavadora. Lo que en España se hace en cinco días, en Nouadhibou conlleva más de dos meses de trabajo.

Visito las instalaciones que fueron la cocina y el comedor. La capa de polvo que cubre el mobiliario es gruesa. Hace tiempo que un niño no se sienta a la mesa. Las consecuencias que eso tiene son principalmente dos. En primer lugar, una comida que no reciben en el colegio es una comida al día que con toda probabilidad han dejado de recibir. En segundo lugar, no poder comer en el colegio significa acortar el horario lectivo para que lo puedan hacer en sus casas, lo que incide directamente en la calidad de la educación.

Hacemos una visita a las aulas. Al entrar, debo esperar unos segundos hasta que mi visión se acomoda a la escasez de luz. Las paredes, suelo y techo están muy deteriorados. El mobiliario aguanta todavía. El encerado se cae a pedazos. Las ventanas están abiertas de par en par para ventilar el espacio.

El paisaje que se ve desde ellas es el muro de cemento del edificio contiguo, levantado a un metro de distancia. Me pregunto si el futuro de estos niños tiene tan pocas vistas como desde las ventanas de las clases en las que se supone que se dibuja el paisaje de su porvenir.

Terminamos la visita coincidiendo con el final de las clases por el día de hoy. Ya en la calle, se me ocurre sacar la cámara de fotos. El revuelo es total. Todos los niños se empujan delante de mí para hacerse un hueco en la foto. Algunos caen al suelo. Gritan y ríen. Les parece divertido que les haga fotos en grupo. Cuando lleguen a casa contarán a sus padres que por allí apareció esta mañana un blanco haciendo fotos. Venía acompañado de otro blanco. Y hablaban con el director. Algo se estaba cociendo. Quizá volvamos a tener agua, pensarán. O luz. O comida. O transporte. No exactamente. Tendrán un nuevo edificio. Y a alguien como yo para escribirlo.

Agua

Por Laura Feal, técnica de proyectos de Habitafrica en Saint Louis, Senegal.

El agua, de l’eau. El maa en árabe, ndonkh en wolof. Auga, na miña lingua: La primera palabra que aprendes en tu lengua y en cualquiera otra. Y es que cuando estás acostumbrada a vivir con ella no te das cuenta de la importancia que tiene.En que sin ella, simplemente, no se puede vivir.

Hoy llovió en Saint Louis, dando comienzo a la tan esperada estación de lluvias. El “hivernage”. Y llovió tan intenso que en dos minutos estaba calada hasta los huesos. Me pilló en plena calle, con más gente, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Me quedé sola, lejos de mi casa y empapada de arriba abajo, con todo lo que llevaba encima. Algún taxi me pitó para que me montara, pero ante mi asombro (y el de ellos) me sentí muy cómoda en la nueva situación.

Fui andando lentamente hasta mi casa, unos 15 minutos, disfrutando de una lluvia que no arreciaba y que resbalaba por mi cabeza, por mi cuerpo y por mis cosas. Me crucé pandillas de niños que aprovecharon literalmente para lavarse, y otros que saltaban en los charcos de barro ensuciándose unos a otros. Sonrientes, ilusionados ante un recurso raro, escaso. Sin saber lo que sus mayores saben: que el agua, tan ansiada, tan rica, es un arma de doble filo.  En un rato las calles apenas asfaltadas se habrán inundado, dejando charcos que se llenarán de mosquitos. Que las basuras acumuladas en las aceras, se pudrirán con el agua, trayendo enfermedades para humanos y para animales. Que la tierra, que tanto cuidan y respetan, y que tanto necesita del agua, se empachará de estas lluvias torrenciales, pudiendo llegar a estropear las plantaciones de quienes no han sabido escuchar al viento que ya hace días anunciaba lluvia. Que las carreteras se atascarán y cortarán. Que no hay mal que por bien no venga.  Bueno no; al revés.

Yo sigo con mi paseo feliz, dejándome llevar por la alegría de los niños y la soledad de mi islita. Llego a casa y estrujo la ropa, la retuerzo hasta que cae la última gota y me doy cuenta de lo mejor: mi móvil cooperante, mamotreto-nokia-con-linterna, está, como no podía ser de otra manera, vivito y coleando. Si es que no hay como estar en África para relativizar.

Foto: Mario Entero

Intercambio de experiencias en Namibia

La experiencia de Namibia es ejemplar dentro de la federación Shack Dwellers International (SDI), la organización que convierte a los habitantes de los tugurios en motor de cambio de su realidad a través de grupos de ahorro.

Para compartir su experiencia y que otros puedan repetir sus prácticas, el país se convirtió el pasado mes de noviembre en anfitrión del encuentro  Construyendo ciudades desde la asociación, convocado por SDI, la local Shack Dwellers Federation of Namibia (SDFN) y Gates Foundation (el principal donante de SDI).

David López, técnico de Habitáfrica, acudió en representación de la Fundación a este encuentro, en el que los socios donantes aprovecharon para renovar sus compromisos de financiación y en el que otras organizaciones pudieron comprobar de primera mano el funcionamiento de SDI en varias regiones y su colaboración con los gobiernos locales.

A lo largo de las jornadas, se produjeron encuentros tanto con representantes de los gobiernos con comunidades de asentamientos informales. Así, por ejemplo, los participantes viajaron hasta Windhoek, en donde compartieron una reunión con el número dos del Ayuntamiento, que les expuso la política actual de la ciudad sobre la provisión y formalización de vivienda, y seguridad de tierra.

Pero también escucharon a los propios chabolistas, como a los del asentamiento informal de Otjomuise, que explicaron cómo se organizan en cuanto a grupos de ahorro, construcción de casas, provisión de servicios básicos, préstamos… e incluso mostraron cómo se lleva a cabo cada domingo el proceso de recogida de los ahorros, semana a semana y casa a casa.