La cara y la cruz del “milagro” africano

Cuando caminas por ciertas calles de Luanda, Accra o Maputo, no es difícil toparse con comodidades propias de los países más adelantados. El espejismo, sin embargo, dura poco. A pocos minutos de esas zonas, inmensas barriadas de chabolas muestran la realidad de la mayoría de la población. La riqueza existe, pero sólo para unos pocos.

La cifra media de crecimiento económico anual en África asciende a un 6,5%; un dato que, en un contexto de recesión mundial, sitúa al continente en un puesto privilegiado. Tales cifras, sin embargo, no dejan ver el bosque en un continente donde más del 40% de menores de cinco años sufre desnutrición. Los últimos informes que analizan el desarrollo del continente dejan atrás el pesimismo de las últimas décadas pero ponen el dedo en la llaga al denunciar que, a pesar del crecimiento, el gran reto del continente es que esa riqueza se reparta.

Los gobiernos deben convertir las ganancias en oportunidades para toda la población; se trata, como tanto se repite últimamente en nuestras calles, de socializar los beneficios y no las pérdidas. Es el momento de la justicia distributiva. Este sistema ha demostrado que no puede sostenerse y que debemos optar por modelos alternativos que garanticen los derechos humanos de las personas y el respeto a la naturaleza en cualquier lugar del planeta. El crecimiento ilimitado no es viable.

Por otra parte, en un mundo absolutamente interconectado como el actual, deberíamos preguntarnos cuáles son las causas que hacen que la hambruna aceche a casi 20 millones de personas en África –casi la mitad de la población española, por cierto. Por supuesto, la sequía en la zona y diversos y complejos conflictos contribuyen a la gravedad de la situación; pero no debemos olvidar otros factores que, sin duda, son determinantes. Empresas europeas y asiáticas están esquilmando los bancos de pesca africanos; la explotación de recursos naturales como el oro, los diamantes, el petróleo o el coltán generan enormes impactos en el medio ambiente y, en muchos casos, graves  conflictos en la zona. Capitales extranjeros han comprado casi 50 millones de hectáreas de tierras –el equivalente a la mitad de las tierras agrícolas de los 27 países de la UE- para producir alimentos que se envían a otras zonas del planeta o incluso para producir agrocombustibles para los coches europeos.

Las responsabilidades globales son ineludibles. No podemos mirar hacia otro lado. La enorme reducción de fondos para la cooperación que ha realizado el gobierno español tiene graves consecuencias sobre millones de personas, como también lo tienen las políticas comerciales que imponen reglas profundamente injustas para África. Durante décadas, las políticas económicas y comerciales promovidas por los organismos internacionales han tenido consecuencias negativas sobre la calidad de vida de las personas africanas. Además de “echarles una mano” deberíamos quitársela de encima. Las políticas públicas de cooperación  -que no son una dádiva en tiempos de bonanza económica, si no un imperativo ético y político que deber ser cumplido- han de ir acompañadas de otro tipo de políticas que las complementen.

Hace ya mucho tiempo que se demostró que el crecimiento económico per se no deriva necesariamente en el desarrollo de las personas. Sin políticas que distribuyan la riqueza y garanticen servicios públicos, ni siquiera un índice de crecimiento del 6,5% acabará con la pobreza de la mayoría de la población; más bien todo lo contrario: aumentará las desigualdades entre mujeres y hombres, entre unos grupos sociales y otros.

Afortunadamente, África vive un momento de esperanza de la mano de sus ciudadanos y ciudadanas. La Primavera Árabe en el norte del continente, movimientos sociales como los vividos en Nigeria, Malawi o Senegal demuestran que los pueblos africanos cuentan con alternativas y propuestas sociales muy exitosas a favor del desarrollo de las personas. Propuestas que forman parte de la historia y la idiosincrasia africana y que actualmente se unen, en una red mundial interconectada, a las que en miles de rincones del mundo demandan políticas distributivas que garanticen la justicia social. Ese sí, es un gran milagro.

Este artículo ha sido elaborado por Habitáfrica y la Coordinaadora de ONGD con motivo del Día de África 2012

¿Y si en vez de ayudar a pescar estamos quitándoles el pescado?


En cooperación internacional se nos explicaba hacía unos años que no hay que dar el pescado, sino enseñar a pescar. Los pescadores africanos llevan siglos pescando, así que ahí no tenemos mucho que hacer ¿Y si lo que quieren los africanos no es que les echemos una mano, sino que se la quitemos de encima?

La sobrepesca es una de las principales amenazas de los océanos. Según Greenpeace, en la actualidad, la Unión Europea (UE) captura entre dos y tres veces más del límite sostenible. A pesar de los esfuerzos para reducir el tamaño de la flota y disminuir la presión sobre los caladeros, la UE ha aumentado la capacidad en muchas de sus pesquerías entre un 2% y un 4% por año.

Hoy, las flotas europeas tienen un alcance global y operan en aguas de algunos de los países más pobres del mundo (incluidos los de África occidental) donde amenazan la subsistencia de los pescadores y sus comunidades, que dependen del pescado como principal fuente de alimento.

Habitáfrica participó el pasado mes de mayo en un encuentro con pescadores africanos que vinieron a denunciar esta situación y a pedirnos que los españoles dejemos de quitarles el pescado. Abdou Karim Sall de Senegal, Ahmadou Ould Beyih de Mauritania viven cada día los efectos de la sobrepesca y las grandes flotas europeas, contra las que no pueden competir. Han sido testigos de la disminución de sus capturas y de la destrucción de sus ecosistemas marinos.

Abdou ha sido pescador durante años en Senegal y cree que hay una relación directa entre la migración de sus paisanos hacia España y la destrucción de sus ecosistemas: ”En senegal la pesca es una de las principales fuentes de trabajo, si nos dejan sin pescado, tendremos que hacerles estas visitas incómodas a sus países”, comenta con ironía. En el sector pesquero existe una cadena de recursos que desaparece cuando no se consigue pescado: no sólo sufren los pescadores, sino las mujeres que lo secan y lo venden o las propias familias que no tienen que comer. Muchos pescadores además piden créditos a los bancos para comprar aparejos que son destruidos por la noche por los grandes barcos extranjeros, dejándolos sin recursos y con una deuda en el banco que sólo pueden pagar emigrando.

La pregunta ante esta situación es porqué los gobiernos africanos siguen firmando acuerdos pesqueros con los países ricos. “Somos países pobres y necesitamos esos acuerdos, el problema es que el dinero que el gobierno se lleva por ellos nunca llega a los más pobres”, explica Ahmadou, de Mauritania, el más veterano de los dos.

Ambos denuncian la falta de transparencia de los acuerdos y la inequidad de fuerzas con la que se realizan los acuerdos: “Los pescadores artesanales ni siquiera participamos en estas negociaciones entre países”.

Por ello, piden a la Unión Europea una reforma de la Política Pesquera Común que implique un cambio en la gestión pesquera y un compromiso con la sostenibilidad que no condene a sus comunidades al hambre y al abandono de su método de vida tradicional o sus lugares de origen.